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El Petiso Orejudo: El origen del horror en Buenos Aires

La arquitectura del horror: El descenso a la sombra de Cayetano Santos Godino



Buenos Aires no nació bajo el signo de la luz, sino bajo el de la niebla y el olvido. En 1912, la ciudad era un espejismo de progreso, una máscara europea que intentaba ocultar el pozo ciego de sus conventillos. Allí, entre los muros descascarados que guardaban los secretos de miles de inmigrantes, el aire se volvía denso, viciado. Y fue en ese caldo de cultivo, donde la miseria se tocaba con las manos, y donde las promesas de una vida mejor se desmoronaban contra la realidad del hambre y el hacinamiento, que brotó la figura de un niño que no tenía infancia, sino un abismo en la mirada.

Cayetano Santos Godino no era un niño; era una anomalía. Cuando caminaba por los patios de tierra apisonada, entre el bullicio de los vendedores ambulantes y el pregón de las lavanderas, los perros se erizaban y el silencio le abría paso, como si la misma tierra supiera que ese pequeño ser no pertenecía a la vida. No era el niño que jugaba a las bolitas o corría tras una pelota de trapo; era una presencia estática, un espectro de carne y hueso que se movía con la precisión de un depredador que aún no conoce su propia naturaleza.


Su apariencia, lejos de generar ternura, despertaba un rechazo visceral, una intuición primitiva en quienes lo cruzaban. No mataba por odio, ni por hambre, ni por venganza. Esos son motivos humanos, y en Cayetano no había rastros de humanidad compartida. Mataba por una urgencia metafísica, por una necesidad casi litúrgica de ver cómo la luz se apagaba en los ojos ajenos, como quien apaga una vela al final de un pasillo largo, con un gesto mecánico, desprovisto de culpa.

Mientras la Buenos Aires señorial erigía sus palacetes franceses y los tranvías cruzaban la Avenida de Mayo, Cayetano construía su propio reino en los márgenes. Para él, los callejones oscuros y los terrenos baldíos donde el pasto crecía sin control no eran lugares de tránsito, sino altares privados donde ejercía su macabra soberanía. Había en él una desconexión absoluta con el mundo de los hombres; él operaba en una frecuencia más baja, una donde el dolor ajeno no era más que una curiosidad estética, un experimento que se repetía una y otra vez ante la mirada ciega de una ciudad que prefería ignorar lo que no podía explicar.

Era la encarnación del miedo silencioso, ese que no grita, sino que se infiltra por debajo de las puertas de los conventillos. Y en ese 1912, mientras la historia oficial escribía sus crónicas de éxito y modernidad, Cayetano Santos Godino comenzaba a escribir la suya, hecha de cenizas, de llantos ahogados y de una oscuridad que, hasta ese momento, la sociedad porteña nunca se había atrevido a nombrar.


El método de la sombra: Anatomía del asesino

Desde una perspectiva criminalística, el caso de Godino no solo desafía la lógica de su tiempo, sino que pulveriza los cimientos de la ciencia forense de principios de siglo XX. Mientras que la criminología positivista, fuertemente influenciada por las teorías de Cesare Lombroso, se empeñaba en medir cráneos, observar deformidades físicas y clasificar "estigmas de degeneración" para encontrar al llamado "delincuente nato", el Petiso Orejudo operaba completamente fuera de toda estadística y toda norma. Él era una anomalía que los manuales de la época, con sus prejuicios enciclopédicos, no sabían cómo categorizar.

Su método no residía en la fuerza bruta, sino en una arquitectura psicológica mucho más sofisticada y aterradora: la seducción del inocente. A diferencia del criminal común que actúa por impulso colérico, Godino dominaba el arte de la manipulación con una paciencia gélida. Las crónicas de la época describen un modus operandi de una precisión quirúrgica, donde el engaño se convertía en su arma más letal. El "Petiso" no acechaba desde las sombras como un depredador silvestre; él se integraba en el entorno. Se presentaba ante sus víctimas no como una amenaza, sino como un igual, un compañero de juegos, un guía en el laberinto de los conventillos.

Su capacidad para establecer este vínculo de confianza con niños de su misma edad —o incluso menores— era la puerta de entrada a su infierno privado. Mediante promesas banales de juegos, caminatas por el barrio o el descubrimiento de algún tesoro escondido, lograba desarmar cualquier instinto de protección en sus presas. Los llevaba hacia terrenos baldíos, depósitos de materiales, hornos de ladrillos abandonados o sótanos oscuros donde el ruido de la ciudad se extinguía y el tiempo parecía detenerse.

Era, en esencia, una puesta en escena ritual. Para Godino, el traslado hacia el lugar del crimen era tan vital como el desenlace; era una procesión solitaria donde él, en su incomprensible lógica, se sentía el dueño absoluto del destino ajeno. En ese espacio aislado, la autoridad de los adultos, las leyes de la ciudad y el sentido común quedaban suspendidos. Allí, el ritual no consistía únicamente en el daño físico, sino en la anulación completa de la voluntad del otro. Mientras la policía patrullaba las calles principales buscando ladrones de guante blanco o anarquistas, en esos rincones olvidados, Cayetano oficiaba una liturgia de muerte que la criminología de aquel entonces, ciega por sus propios dogmas, jamás alcanzó a comprender.

Los ritos de la sangre: La escalada del mal

El despliegue criminal de Cayetano Santos Godino no fue una serie de arrebatos aislados, sino un continuum de violencia que se extendió desde 1912 hasta su detención definitiva en 1914. Si analizamos su historial, observamos un patrón escalofriante de escalada delictiva, donde la técnica de caza se perfeccionaba con cada nueva víctima.

  1. La fase de iniciación (1912): El despertar de la sombra Sus primeros ataques fueron intentos tentativos, marcados por una brutalidad que buscaba el daño físico pero aún no el exterminio. En el caso de Miguel Depaoli, a quien encontró en la calle, Godino demostró una violencia desmedida para un niño de su edad, golpeándolo hasta dejarlo malherido. En esta etapa, el "Petiso" todavía estaba experimentando con el dolor ajeno. Era el bautismo de su oscuridad, una fase de tanteo donde la impunidad de caminar por las calles de Buenos Aires sin ser reconocido le otorgaba una sensación de poder omnímodo.

  2. La fase de escalada (1913): Del ataque a la ejecución Es aquí donde el horror se vuelve metódico y el modus operandi se vuelve una sentencia de muerte.

  • El caso de Gavino Souto: Este hecho marcó un punto de inflexión. Godino lo convenció de acompañarlo hacia los terrenos baldíos de Parque Patricios con una excusa trivial. Allí, lejos de las miradas, no hubo un arrebato de ira, sino una ejecución fría. Fue el momento en que comprendió que podía disponer de la vida ajena sin que la ciudad se detuviera a notarlo.

  • El caso de Jesús Méndez: Aquí la sofisticación del depredador alcanzó su cenit. El traslado de la víctima hacia los hornos de ladrillos y los sótanos olvidados de la zona sur funcionaba como una puesta en escena ritual. Godino ya no era un niño buscando pelea; era un verdugo que elegía su escenario. Estos sitios, lugares donde la modernidad de Buenos Aires aún no llegaba, se convirtieron en sus altares. Para él, eran espacios donde el tiempo se detenía y la víctima dejaba de ser un niño para convertirse en el objeto de su liturgia.

  1. La firma criminal: El fuego como sentencia El aspecto más perturbador —y a menudo pasado por alto por la historiografía superficial— es su obsesión recurrente por el fuego. Godino no solo buscaba la muerte humana; él necesitaba purificar el entorno. Los incendios intencionales de casas, graneros y depósitos en el barrio no eran actos de vandalismo, sino una extensión de su necesidad de control.

El fuego y la muerte humana cumplían, en su lógica distorsionada, una misma función: la eliminación total del "otro", borrando cualquier huella de existencia mediante las llamas. En sus declaraciones ante los tribunales, Godino describía estos actos con una frialdad clínica que dejó mudos a los jueces de la época. No había remordimiento, ni justificación, ni siquiera una explicación coherente para el mundo exterior. En su psiquis, él no estaba cometiendo crímenes; estaba completando un proceso de orden y purificación que solo él comprendía, convencido de que su mano era, en realidad, el instrumento de una voluntad superior que lo obligaba a dejar su marca en el mundo mediante la destrucción.

Penitenciaria donde estaba alojado 

El peso de la historia: La crónica de una detención inevitable

La caída de Cayetano Santos Godino en 1914 no fue el resultado de una investigación policial brillante ni de una ciencia criminológica que, finalmente, logró comprender la psiquis del monstruo. Fue, más bien, la suma del azar y la desesperación de una sociedad que ya no podía cerrar los ojos ante el horror. La captura del Petiso Orejudo marcó el fin de una era de inocencia perdida para Buenos Aires: el momento en que la ciudad comprendió que la seguridad de las calles era una ilusión sostenida por la propia negligencia.

El proceso judicial que siguió a su detención se convirtió en un verdadero circo mediático, un espectáculo donde la prensa de la época —siempre ávida de sangre y titulares amarillistas— se encargó de diseccionar al niño asesino ante la mirada atónita de la opinión pública. Mientras el Estado intentaba condenar al "monstruo" para limpiar la imagen de una metrópoli que se pretendía civilizada, se ignoraba la raíz del problema.

Si analizamos la crónica de esos años, queda claro que Godino fue el reflejo distorsionado de una ciudad que, mientras miraba obsesivamente hacia los espejos de Europa, ignoraba la podredumbre y el hacinamiento que crecían en sus propias entrañas. Los expedientes de la época, que hoy se estudian como piezas fundamentales de nuestra historia criminal, no solo narran los crímenes; narran el abandono. El Petiso no surgió de la nada: fue un producto directo de un sistema que invisibilizó el horror de los conventillos y los márgenes sociales, tratando el síntoma —el asesino— pero descuidando siempre la enfermedad —la desidia institucional—.

Hoy, al rescatar estos relatos y examinarlos con la frialdad del tiempo, no solo nos enfrentamos a la brutalidad de los actos de Godino; nos enfrentamos a la mirada de una sociedad que, en su necesidad de encontrar un culpable absoluto, se olvidó de mirar qué parte de ese monstruo le pertenecía también a ella. El caso del Petiso Orejudo no es solo un expediente judicial que se cierra; es una herida abierta en la memoria colectiva de Buenos Aires, un recordatorio constante de que, cuando se oculta la miseria tras las máscaras del progreso, el horror siempre encuentra una grieta por donde volver a respirar.


Reflexión de cierre: El monstruo en el espejo

Hoy, a más de un siglo de distancia, la figura de Cayetano Santos Godino no ha perdido un ápice de su capacidad de perturbar. Su nombre sigue operando como un mito fundacional, el primer gran trauma de nuestra crónica negra. Pero, ¿por qué volvemos a él una y otra vez? ¿Qué es lo que nos arrastra a las páginas amarillentas de su expediente, como si en ellas pudiéramos encontrar la clave de nuestra propia oscuridad?

Quizás lo hacemos porque Godino nos obliga a aceptar una verdad tan incómoda como irrefutable: el monstruo no habitaba en las tierras lejanas de los cuentos de hadas, ni en las leyendas de ultratumba que los adultos usaban para asustar a los niños antes de dormir. El monstruo era real. El monstruo vestía harapos, tenía un nombre, un apellido y una dirección, y caminaba entre nosotros, respirando el mismo aire viciado de los conventillos.

La fascinación por el Petiso no es mera morbosidad; es el horror de reconocer el reflejo. Porque, ¿cuántos de nosotros estamos realmente dispuestos a mirar la desidia que alimentó a ese asesino? Godino no fue un accidente biológico, ni una explosión espontánea de maldad; fue el síntoma de una sociedad que, obsesionada con su propia imagen frente al espejo de Europa, decidió ignorar el patio trasero. Fue el producto de un sistema que, al desentenderse de los vulnerables, permitió que el mal creciera en sus grietas, alimentándose de la indiferencia.

Como periodista, me pregunto si hemos aprendido algo después de cien años. Me pregunto si realmente hemos cambiado nuestra forma de mirar al otro, o si hoy, en pleno 2026, seguimos cometiendo el mismo pecado: el de ignorar las sombras que crecen en los patios de nuestra propia realidad. Las luces de la metrópoli son hoy más brillantes, y la tecnología nos hace creer que estamos más protegidos, pero el horror sigue ahí, agazapado en el descuido y en el silencio cómplice.

Quizás el verdadero legado de Cayetano Santos Godino no sea el de ser un asesino, sino el de ser un recordatorio brutal de que el monstruo más peligroso es aquel que la sociedad se niega a ver. Al cerrar este expediente, no deberíamos sentir alivio por la distancia temporal, sino una profunda inquietud. Porque mientras existan rincones donde el abandono sea la ley y la indiferencia sea la norma, el espectro del Petiso no estará muerto; simplemente estará esperando, oculto en las sombras que nosotros mismos nos negamos a iluminar.

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